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La Titanomaquia | Capítulo XXXIX

 Título: La Titanomaquia.

Autor: Eduardo García.

Año: 2020.

Capítulo: "Hermafrodito".

Capítulo anterior: "Poseidón y Anfitrite".

Tienda: La Titanomaquia.

CAPÍTULO XXXIX

"HERMAFRODITO"

Afrodita, la diosa del amor, no podía controlar sus deseos carnales que, en su mayor parte eran saciados por el dios de la guerra, Ares, pero no siempre fue así, la especialista de la seducción y el mensajero de los dioses, Hermes, se unieron, tiempo después nació Hermafrodito que debe su nombre en honor a sus padres.

Una vez nacido, Afrodita se negó a criar a su vástago en el Olimpo en donde ya era mal vista y criticada por haber engañado a su esposo original, Hefesto, con Ares, así que lo llevó al monte Ida, en la región turca de Frigia, para que las ninfas del monte se encargaran de criar al dios.

Pasaron los años y el joven Hermafrodito creció en tamaño y belleza, un día, se alejó de su hogar para dar una larga caminata, el calor era sofocante, le escurrían las gotas de sudor por todo el cuerpo, cuando se encontraba en la ciudad Halicarnaso, se detuvo a descansar un momento debajo de la sombra de los grandes y frondosos árboles, sin saberlo, el joven estaba siendo espiado por una ninfa del lago que estaba en frente de él. 

Después de descansar un momento bajo el árbol, Hermafrodito se desvistió para meterse a nadar al lago, la ninfa estaba extasiada de ver la belleza olímpica del joven, había heredado a sus padres, quienes eran reconocidos por tener cuerpos de los más estéticos y esbeltos, la ninfa sentía correr el calor por todo su cuerpo y trató de seducir al joven.

Salmácide no podía dejar de admirar al joven, su deseo era tal que se le ofreció al joven de la manera más directa posible:

“¡Pero qué hermoso eres! Ven, cúbreme con esos brazos tuyos tan juveniles, bésame con esa boca tan roja y sensual, ámame y déjame que te ame, ven, anda, no puedo soportarlo más”.

“¿Qué es lo que has dicho?”, contestó Hermafrodito totalmente ruborizado, era apenas un mozo. 

“No me importa que ya estés comprometido con alguien más, podemos mantenerlo en secreto, todas las veces que quieras, pero, ven, anda, no me puedes dejar así”, decía Salmácide mientras intentaba abrazar al joven tocándole los brazos.

“No, no puedo, ni sé, será mejor que me vaya, suéltame, o tendré que irme corriendo y jamás regresaré por aquí”, sentenció el joven.

“Está bien, si no quieres, no te obligaré a que lo hagas, te puedes ir, si así lo quieres”, dijo la ninfa que solo fingía haber renunciado a sus deseos, se volvió a esconder para seguir espiando al joven que miró a los alrededores para asegurarse de que no había nadie viéndolo, una vez cerciorado, continuó desnudándose y se metió en el lago para refrescarse del abrazador calor que hacía ese día en particular.

La ninfa lo seguía espiando y, cuando lo vio desnudo, sintió su cuerpo arder en deseo, no pudo contenerse más y se desnudó, se metió al lago, y nadó hasta donde estaba él, y de pronto comenzó a besarlo mientras le acariciaba todo el cuerpo, Hermafrodito no sabía qué hacer, muerto en miedo, no hizo nada por evitar que la ninfa continúe abrazándolo.

Finalmente se unen, y la ninfa le implora a los dioses que aquello no termine jamás, Salmácide estuvo de suerte pues, los dioses le concedieron su petición a la ninfa, pese a que el joven y sus padres se negaban a ello, ambos cuerpos quedaron unidos en uno solo, hombre y mujer que comparten un mismo cuerpo sin poder separarse ni ser distinguidos el uno del otro.

Después de su fusión con la ninfa, el joven se dio cuenta que, había perdido su masculinidad, su carácter era mucho más afeminado que el de cualquier hombre, para tratar de consolarse, el joven le pidió a sus padres que, todos los hombres que se bañaran en ese lago, corrieran un destino similar al suyo, afeminándose tal como él lo había hecho, sus padres lo escucharon y así sucedió.

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