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La Titanomaquia | Capítulo L

 Título: La Titanomaquia.

Autor: Eduardo García.

Año: 2020.

Capítulo: "Ícaro y Dédalo".

Capítulo anterior: "El niño genio".

Tienda: La Titanomaquia.

CAPÍTULO L

"ÍCARO Y DÉDALO"

La isla de Creta, situada al sur del actual territorio griego fue, en su época, una verdadera fortaleza militar, era prácticamente imposible entrar o salir de ella pues siempre era patrullada por los hombres del tiránico rey Minos quien había contratado a un famoso arquitecto ateniense para que construyera distintas edificaciones para él, la más famosa de ellas fue, sin lugar a dudas, el temible laberinto de Creta, sus caminos no conducen a otra cosa que no sea a la muerte, el minotauro dio fin a la vida de un sinfín de jóvenes provenientes de Atenas para ser sacrificados en la isla, entre ellos el arquitecto Dédalo, quien había sido condenado por intentar asesinar a su sobrino, el joven inventor Pérdix.

Al desembarcar en la isla, los hombres fueron conducidos hasta el gran palacio del Rey, Minos los recibió y condenó formalmente a perecer en el laberinto, Dédalo tenía la intención de persuadir al rey para que éste le perdonara la vida y no lo condenara, pero no fue así, para la decepción del arquitecto, Minos tenía preso a su hijo Ícaro por haber revelado secretos de gran relevancia, el rey no le perdonó la vida y condenó a ambos a morir en el laberinto.

Dédalo había sido el arquitecto que había diseñado aquella edificación, pero sus muros están tan altos y enredados que era imposible escapar, inclusive para su propio creador, era tan solo cuestión de tiempo para que se toparan frente a frente con el minotauro, una muerte segura y tormentosa, no cabía la menor duda que así sería, a no ser por el ingenio de Dédalo, uno de los inventores más perspicaces que han nacido.

Logró perfeccionar su invento con el que intentó darle muerte a su sobrino, haciendo uso de los limitados materiales que tenía cerca, Dédalo se pasaba horas intentando que sus alas funcionaran hasta que lo logró, su invento sí que funcionaba, pero necesitaba probarlas, pero no sería él quien lo haría, sino su hijo.

Escapar de la isla no era tarea sencilla, fuera de los muros del laberinto estaba el ejército del Rey Minos que custodiaba la isla para que nadie saliera o entrara sin el consentimiento del rey, mucho menos permitirían que se escaparan dos enemigos de la corona condenados a la pena máxima en aquel entonces, la única forma de burlar el ejército, y por tanto a la muerte, sería volando, para cualquier otro hombre, sería algo imposible y le llegaría la resignación a morir en aquellos muros que ahogaban los gritos más desesperados y angustiosos.

Ícaro y su padre subieron a la cima de un montón de piedras apiladas mientras el Sol se encontraba justo en su punto más caliente, era el medio día, el minotauro seguramente estaría durmiendo, pues era en la noche cuando salía a buscar a sus nuevas víctimas, padre e hijo emprendieron el vuelo y dejaron atrás su fatídico destino, sin saber que iban directo hacia otro, Creta ya no era un problema, el ejército de Minos nada podía hacer ya, antes de siquiera ponerse las alas, Dédalo le advirtió a su hijo que no debería de volar muy alto pues el calor del Sol haría que la cera de abeja de las alas se derritiera y se desprenderían matándolo, pero tampoco debería de hacerlo demasiado bajo, pues el agua del mar haría que las alas se volvieran en exceso pesadas y caería irremediablemente en el mar, por lo que, debía de mantener un vuelo ni muy alto ni muy bajo.

Ya cuando estaban volando, Dédalo buscaba una isla en la cual pudieran aterrizar pues las alas no les servirían para un viaje más largo, Atenas era un destino prohibido así que tendrían que ir a un lugar poco poblado, tan lejos de Atenas como de Creta, pero, Ícaro ignoró las advertencias de su padre, no cuidando el vuelo, subió y subió, sintiéndose libre y mirándolo todo, el Sol hipnotizante lo atraía hacia a él, el calor fue en aumento y la cera comenzó a derretirse, las plumas comenzaron a caer en el mar y, al percatarse de lo que sucedía, Ícaro sacudía sus brazos sin control para evitar caer, pero no fue suficiente, el joven cayó desde lo más alto y después de un golpazo, murió sin remedio frente a su padre que lloró su pérdida maldiciéndose a sí mismo y al trágico destino que habían trazado las Moiras en contra de su hijo, nada quedaba ya qué hacer, no quedaba ningún rastro de lo que había sido su hijo más que un montón plumas que flotaban sobre el agua.

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