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La Titanomaquia | Capítulo XLVI

 Título: La Titanomaquia.

Autor: Eduardo García.

Año: 2020.

Capítulo: "La maldición de Medusa".

Capítulo anterior: "Celos asesinos".

Tienda: La Titanomaquia.

CAPÍTULO XLVI

"LA MALDICIÓN DE MEDUSA"

Por toda Grecia existieron diversas bestias que aterrorizaron a toda la población de aquella época, monstruos como el temible Toro de Creta asesinaron a un sinfín de personas, las Gorgonas fueron un sinónimo de muerte, quien tuviera la desgracia de topárselas en el camino, irremediablemente encontraría la muerte, Medusa es la Gorgona más reconocida y temida de toda la mitología griega, su historia ha prevalecido hasta nuestros días, pero, ¿cómo es que surgió una bestia tan terrible?

Pese a lo que muchos creen, Medusa no siempre fue una espantosa criatura con serpientes en lugar de cabellos, en sus inicios, fue una joven bella y agradable, muy distinta de lo que sería después, y es que, la historia no le hizo justicia a Medusa, en realidad, ella no es más que una víctima del deseo y tiranía que caracterizaban a los dioses olímpicos aunque sus padres fueron Forcis y Ceto, dos divinidades marinas, gracias a su belleza innata, la joven enamoró a todos los hombres que la veían, incluyendo al propio dios de los mares, el temperamental Poseidón, la perdición de Medusa que cambiaría su vida para siempre.

La joven era sacerdotisa de la diosa de la sabiduría, Atenea, para poder serlo, Medusa debía de permanecer casta y pura, pese a tener una belleza irresistible,  como muchas otras jóvenes que han sido objeto de los capítulos anteriores de este libro, la hermosura de Medusa lejos de jugarle a favor, le jugó en contra, el templo de Atenea se llenaba de visitantes, pero no iban a adorar a la diosa, sino a admirar y acosar a la sacerdotisa que trataba de ignorar, en la medida de lo posible, a los hombres que trataban de perturbarla.

Los hombres comenzaron a asegurar que Medusa sería incluso más bonita que la propia diosa de la belleza, Afrodita, sus cabellos serían mejores que los de Atenea, desde su punto de vista, Medusa sería la criatura perfecta, no le hacía falta nada, los halagos a la sacerdotisa llegaron a los oídos de la diosa, pero no la castigó, pese a que se sentía celosa, prefirió ignorarlos, después de todo, es la diosa de la sabiduría, los hombres reprimían sus deseos sexuales por respeto, o quizá, por temor a Atenea, no se atrevían a ofender de tal manera a la diosa, pero no así el dios del mar, Poseidón no tenía nada por qué temerle a su sobrina, ambos eran dioses y, por tanto, inmortales.

Un mal día, la sacerdotisa estaba paseando en las inmediaciones del templo de Atenea, el Sol estaba ocultándose ya y el paisaje era simplemente maravilloso, la ingenua joven se sentó en el pasto para contemplar mejor las nubes pintadas de rojo por el crepúsculo vespertino, de repente, las olas cambiaron su curso y del mar emergió Poseidón, la joven se desconcertó, pero no trató de huir, el dios la acosó insistiendo para que se uniera a él, propuestas que rechazó la sacerdotisa tratando de alejarse del dios, pero fue inútil, él la tomó de los brazos con una fuerza que a Medusa le fue imposible escapar.

Poseidón no tenía una gran atracción física hacia la sacerdotisa, la admiraba, pero no lo suficiente como para raptarla a la fuerza, pero sí que odiaba a Atenea desde que se disputaron la ciudad de Ateneas, en donde la diosa de la sabiduría había salido victoriosa, sabía que no habría mayor ofensa para ella que tomar por la fuerza a la mejor de sus sacerdotisas, la joven corrió y entró en el templo de la diosa, pensando que ahí estaría protegida por Atenea, pero se equivocó, Poseidón abrió la puertas de par en par e ingresó al templo, alcanzó a la sacerdotisa y la violó justo en frente de la estatua de la diosa, una ofensa que no quedaría sin castigo.

Las súplicas de Medusa habían sido inútiles, Poseidón le había robado lo más sagrado que tenía, su virginidad, no podía seguir siendo sacerdotisa de la diosa que se apareció furiosa en su templo, al no poder hacer nada en contra de Poseidón, Atenea se contentó con castigar a la joven, pues, según ella, la violación se había dado gracias a que Medusa había seducido al dios y él había caído en sus engaños, la había traicionado burlándose de ella en su propio templo.

Atenea maldijo a su sacerdotisa, la convirtió en una terrible bestia, sus cabellos que para los hombres eran mejores que los de la diosa, se convirtieron en serpientes, sus torneadas piernas fueron reemplazadas por una cola como la de las serpientes con la que se arrastraría para transportarse, por si fuera poco, todo aquel que se atreviera a mirarla a los ojos, se convertiría en piedra y moriría instantáneamente.

El bello rostro que todos deseaban admirar no era más que un recuerdo, ahora nadie se atrevía siquiera a acercársele, mucho menos a intentar mirarla o acosarla, la criatura se miró con tristeza, no quedaba rastro de su radiante belleza que la había caracterizado, huyó del templo adentrándose en el bosque, vivió escondiéndose para no ser vista o atacada por nadie, pero, no tuvo suerte, innumerables guerreros la buscaron por toda Grecia para asesinarla y llevarse su cabeza a manera de trofeo, pero ninguno tuvo suerte, todos y cada uno de ellos se convirtieron en estatuas de piedra, a excepción de un héroe, la agilidad de Medusa y su terrible maldición la convirtieron en una de las bestias más temidas de toda la mitología griega.

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